• Radio Guadalupe - Unidos Por La Fe

31st agosto 2014

La gracia y la eficacia de los Sacramentos

Sacramentos....

La Gracia

En nuestro lenguaje diario, la palabra gracia nos hace pensar en cosas agradables, pero cuando hablamos en un sentido teológico nos referimos a la “gracia sobrenatural”. Que es un DON sobrenatural que Dios nos concede para poder alcanzar la vida eterna, y esta gracia se nos confiere, principalmente, por medio de los sacramentos. Es algo que Dios nos regala, nadie ha hecho nada con su propio esfuerzo para obtenerla. El primer paso siempre lo da Dios. Es don sobrenatural porque lo que se está comunicando es la vida de Dios que va más allá de toda la naturaleza creada.

Solamente por medio de la gracia, el hombre puede alcanzar la vida eterna, que es el fin para el que fue creado. Esta regalo de Dios exige la respuesta del hombre.

Es un don sobrenatural infundido por Dios en nuestra alma – merecida por la Pasión de Cristo – que recibimos por medio del Bautismo, que nos hace, justos, hijos de Dios y herederos del cielo. El Espíritu Santo nos da la justicia de Dios, uniéndonos – por medio de la fe y el Bautismo – a la Pasión y Resurrección de Cristo. Cuando perdemos esta gracia al pecar gravemente, la recuperamos en el sacramento de la Reconciliación. Al recibir alguno de los otros sacramentos se nos aumenta esta gracia. Catec. nos. 1996ss

La gracia santificante es el don sobrenatural y gratuito que se encuentra en nuestra alma. Es una cualidad de nuestra alma, porque ella es la que perfecciona nuestra alma.

Ella produce tres efectos muy importantes en nosotros:

 

  • Borra el pecado, es decir nos hace justos. La justificación es el paso del pecado a una vida de gracia.
  • Nos hace posible la participación de la vida divina. Al borrarse el pecado, se nos comunica la vida de Dios, nos da una vida nueva.
  • Por medio de la gracia, nuestras buenas obras adquieren méritos sobrenaturales. La Sagrada Escritura hace muchas referencias sobre estos méritos (Cfr. 1Tim. 4,7; Lc. 6, 38; 1Cor. 3, 8; Rom. 2, 6-8). Las promesas hechas por Cristo sobre los méritos de las buenas obras hizo que esto fuera declarado como verdad de fe (Cfr. Dz. 834).

    La Eficacia de los Sacramentos

    Los sacramentos son medios de salvación, son la continuación de las obras salvíficas que Cristo realizó durante su vida terrena, por lo tanto, siempre comunican la gracia, siempre y cuando el rito se realice correctamente y el sujeto que lo va a recibir tenga las disposiciones necesarias, sin oponer resistencia. La recepción de la gracia depende de la actitud que tenga el que lo recibe.

    Las disposiciones del que lo recibe son las que harán que se reciba mayor o menor gracia. La acogida que el sujeto esté dispuesto a dar a la gracia de Cristo, juega un papel muy importante en la eficacia y fecundidad del sacramento. La disposición subjetiva, es lo que se conoce como “ex opere operantis”. Esto quiere decir “por la acción del que actúa”.

    Los sacramentos son los signos eficaces de la gracia, porque actúan por el sólo hecho de realizarse, es decir, “ex opere operato” = por la obra realizada, en virtud de la Pasión de Cristo. Esto fue declarado por el Concilio de Trento como dogma de fe. Ellos son la presencia misteriosa de Cristo invisible, que llega de manera visible por medio de los signos eficaces, materia y forma. Cristo se hace presente real y personalmente en ellos. Por ser un acto humano, al realizarse con gestos y palabras y un acto divino – realizado por Cristo, de manera invisible – el cristiano se transforma y se asemeja más a Dios. Catec. n. 1128).

    Los sacramentos son una manera, posterior a la Revelación, que satisface la necesidad que tiene el hombre de tener una comunicación con Dios y el deseo de Dios de comunicarse con el hombre.

 

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30th agosto 2014

La Unción: naturaleza, institución

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Naturaleza

El sacramento de la Unción de los Enfermos “tiene como fin conferir la gracia especial al cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado de enfermedad y vejez”. (Catec. n. 1527).

Es un hecho que la enfermedad y el sufrimiento que ellos conllevan son inherentes al hombre, no se pueden separar de él. Esto le causa graves problemas porque el hombre se ve impotente ante ellos y se da cuenta de sus límites y de que es finito. Además de que la enfermedad puede hacer que se vislumbre la muerte. 

Aunque parecería, que ante la enfermedad, el ser humano se acercaría mucho más a Dios, muchas veces el resultado es lo contrario. Ante la angustia que provoca la enfermedad, el miedo, la fatiga, el dolor, el hombre puede desesperarse e inclusive se puede revelar ante Dios. Muchas veces, el estado físico en que se encuentra el enfermo, lo lleva a no poder hacer la oración necesaria para mantenerse unido al Señor. En otras ocasiones, la enfermedad, cuando se le ha dado un sentido cristiano, lleva a un acercamiento a Dios.

Sabemos que la muerte corporal es natural, pero a través de los ojos de la fe sabemos que la muerte es causada por el pecado. (Cfr. Rm. 6, 23; Gn. 2, 17). Para los que mueren en gracia de Dios, es una participación en la muerte de Cristo, lo que trae como consecuencia el poder participar en su resurrección. (Cfr. Rm. 6, 3-9; Flp. 3, 10-11).

No olvidemos que la muerte es el final de nuestra vida terrena. El tiempo es parte de ella, por lo tanto vamos envejeciendo y al final, llega la muerte. El conocer lo definitivo de la muerte, nos debe llevar a pensar que no contamos más que con un tiempo limitado para llevar a cabo nuestra misión en la vida en la tierra.

En el Antiguo Testamento podemos apreciar como el hombre vive su enfermedad de cara a Dios, le reclama, le pide la sanación de sus males. (Cfr. Sal.6, 3; Is. 38; Sal. 38). Es un camino para la salvación. (Cfr. Sal.32, 5; Sal.107, 20) El pueblo de Israel llega a hacer un vínculo entre la enfermedad y el pecado. El profeta Isaías vislumbra que el sufrimiento puede tener un sentido de redención. (Cfr. Is. 53, 11)

Vemos como Cristo tenía gran compasión hacia aquellos que estaban enfermos. Él fue médico de cuerpo y alma, pues no sólo curaba a los enfermos, además perdonaba los pecados. Se dejaba tocar por los enfermos, ya que de Él salía una fuerza que los curaba (Cfr. Mc. 1, 41; 3, 10; 6; 56; Lc. 6, 19). Él vino a curar al hombre entero, cuerpo y alma. Su amor por los enfermos sigue presente, a pesar de los siglos transcurridos. Con frecuencia Jesús le pedía a los enfermos que creyesen, lo que nuevamente nos pone de relieve la necesidad de la fe. Así mismo se servía de diferentes signos para curar. (Cfr. Mc. 2, 17; Mc. 5, 34-.36; Mc. 9, 23; Mc. 7, 32-36). En los sacramentos Jesucristo sigue tocándonos para sanarnos, ya sea el cuerpo o el espíritu. Es médico de alma y cuerpo.

Jesucristo no sólo se dejaba tocar, sino que toma como suyas las miserias de los hombres. Tomó sobre sus hombros todos nuestros males hasta llevarlo a la muerte de Cruz. Al morir por en la Cruz, asumiendo sobre Él mismo todos nuestros pecados, nos libera del pecado, del cual la enfermedad es una consecuencia. A partir de ese momento, el sufrimiento y la enfermedad tienen un nuevo sentido, nos asemejamos más a Él y nos hace partícipes de su Pasión. Toma un sentido redentor.



Institución

Cuando Cristo invita a sus discípulos a seguirle, implica tomar su cruz, haciéndoles partícipes de su vida, llena de humildad y de pobreza. Esto los lleva a tomar una nueva visión sobre la enfermedad y el sufrimiento y los hace participar en su misión de curación. En Marcos 6, 13 se nos insinúa como los apóstoles, mientras predicaban, exhortando a hacer penitencia y expulsaban demonios, ungían a muchos enfermos con óleo. 

Una vez resucitado, Cristo les dice: “que en Su nombre ……. impondrán las manos sobre los enfermos….”(Mc. 16, 17-18). Y queda confirmado con lo que la Iglesia realiza invocando el nombre de Jesucristo. (Hech. 9, 34; 14, 3). 

Sabemos que esta santa unción fue uno de los sacramentos instituidos por Cristo. La Iglesia manifiesta que, entre los siete sacramentos, hay uno especial para el auxilio de los enfermos, que los ayuda ante las tribulaciones que la enfermedad trae con ella. Ahora bien, sabemos que ni las oraciones más fervorosas logran la curación de todas las enfermedades y que los sufrimientos que hay que padecer, tienen un sentido especial, como nos lo dice San Pablo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia”. (Col.1, 24)

Ante el mandato de: “¡Sanad a los enfermos!” (Mt. 10, 8), la Iglesia cumple con esta tarea tanto por los cuidados que le da a los enfermos, como por las oraciones de intercesión.

El Concilio Vaticano II toma como la promulgación del sacramento, el texto de Santiago 5, 14-15, el cual nos dice que si alguien está gravemente enfermo, llamen al sacerdote para que ore sobre él, lo unja con óleo en nombre del Señor. Y el Señor los salvará. En este texto nos queda claro, que debe ser una enfermedad importante, que los debe de llevar a cabo un presbítero, y encontramos el signo sensible compuesto de materia y forma.

 

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